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La
única de las siete maravillas del mundo antiguo que aún sigue en pie... Más
de doscientos años después, los egiptólogos están casi convencidos de que la
fecha dada por Napoleón en su conocida arenga es fundamentalmente correcta.
En efecto, la Gran Pirámide de Giza, un monumento que originalmente superó
los 146 metros de altura -el equivalente a un edificio moderno de 40
plantas-, fue levantado en tiempos del faraón Keops, de la IV Dinastía,
hacia el 2500 a.C. Pero no todos están de acuerdo en esa cronología. En el
siglo 25 antes de nuestra Era, sin ruedas ni poleas, ni grúas o máquinas de
ninguna clase, un grupo indeterminado de obreros movió la friolera de más de
dos millones de bloques, de pesos comprendidos entre las 2,5 y las 60
toneladas. Y no sólo eso: sin brújula -no existía-, orientaron sus cuatro
paredes a los cuatro puntos cardinales con una precisión pasmosa; sin hierro
practicaron agujeros que parecen hechos con un taladro en los que al
examinar las muescas se ve que cada vuelta de torno profundizaban en el
granito hasta doscientas veces más que lo que lograríamos nosotros hoy con
un taladro de punta de diamante; y sin instrumentos ópticos orientaron
algunos canales internos hacia la posición que ocupaban estrellas como
Sirio, Zeta Orión o Alfa del Dragón, muy importantes dentro del contexto
religioso egipcio. Esos y otros detalles evidencian que los constructores de
la Gran Pirámide poseían unos conocimientos científicos que los expertos
dudan en conceder a los primeros egipcios. ¿Y entonces a quién? La falta de
pruebas concretas sobre la autoría de este monumento, en el que no se han
encontrado grandes inscripciones con el nombre del faraón que las levantó,
han dejado el terreno abierto a la especulación.
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